Mi primer trail… O cómo domar a un conejo en plena contingencia
Por.- Claudia Ruiz Jimenes 

Nunca hubiera imaginado que el inocente nombre de un roedor,  significaría también la carrera más retadora y, hasta ahora, la más divertida de mi historia.
Cierto: ninguna carrera es igual a otra, siempre están las mejores, las peores, las primeras, las que ni siquiera debiste correr y las que faltan.
Pero cuando tu primer trail te pone el reto de hacer 12 kms, simplemente no puedes resistir la prueba y decir "¡sí!", a una competencia que desde la inscripción ya pintaba para ser di-fe-ren-te.

El Valle del conejo nos sedujo con su encantador paisaje y ese aroma tranquilizante a vida; pero también nos obligó a un calentamiento previo de más de 5 kms.
La interminable y caótica fila de autos (aquellos que se salvaron de la contingencia de Mancera) nos orilló a caminar por la carretera y los valles de La Marquesa casi 20 minutos... Ahí fue donde comenzó nuestra propia ruta.

Sólo tres locos como nosotros estaban dispuestos a encarar un terreno sin los tenis adecuados, con pequeñas lesiones en el cuerpo y algunos hasta con poco tiempo de entrenamiento, -"Total, la hacemos poco a poco, ¿qué puede pasar?".
La confianza del hombre puesta a prueba ante pequeñas preguntas: "¿Caminamos sobre la carretera o por los valles? -¿Seguro que es por aquí?"
-"La única referencia del conejo es su excremento".
Y es que no es fácil recorrer un terreno nuevo sin la referencia del Ángel de la Independencia o el Castillo de Chapultepec. ¡Vaya! No había ni siquiera servicio en los restaurantes locales al menos para orientarnos!

Eso sí, El Valle del silencio cumplió con su nombre y nos hizo recordar nuestras más divertidas y oscuras referencias de zombies, series animadas o superhéroes.
Y ahí estábamos, perdidos en medio del bosque (típico lugar común de una película de terror) cuando Charly lanzó el argumento más terrorífico: la mochila no traía agua. Después de eso sólo hubo risas nerviosas, paso lento, recuerdos de niñez, bromas para aligerar el tema...  ¡Y el Valle del Conejo que no aparece!
Pero el GPS no se equivoca (tampoco la "intuición" de seguir a los trotadores que iban delante nuestro). Y, después de varios kilómetros de calentamiento, por fin divisamos la línea de salida.

Para entonces (8:15 de la mañana), el primer bloque ya había avanzado. El nuestro (bloque D) estaba en la línea... Y, como el conejo en el País de las Maravillas, con reloj en mano, comenzamos el trote... ¡apenitas dio tiempo para la selfie!
El clima, la fuerza, el cansancio, un mal entrenamiento, eran factores decisivos ante la primera prueba de trail. Aunque en el caso de Yoda, se sumaba un pesado entrenamiento de nado en aguas abiertas, tan sólo un día antes. No cabe duda que correr te convierte en superhéroe (o súper loco).
Al ritmo de Knights of Cydonia se dio la cuenta regresiva y comenzamos la travesía.
Es increíble cómo pasan carreras, retos y kilómetros, pero tu corazón y estómago te siguen recordando la misma emoción.

 Un primer kilómetro que llegó rapidísimo, dos, tres y nuestro ritmo era el ideal. Desde el inicio se fue marcando la separación natural entre los atletas de mejor condición y los que vamos aprendiendo esto del entrenamiento y cuidado del cuerpo.
Y fue así como el primer integrante se fue rezagando. Lo veíamos venir: Yoda desafió toda advertencia de descanso y las piernas cobraban factura.
Pero si hay un valor que se fortalece en el deporte, es el de la solidaridad, así que Charly y yo, decidimos esperar cada periodo de tiempo al amigo común... Así fue hasta el kilómetro 6.
Los verdes parajes sin duda amortiguaron el cansancio; la vista distrae, no hay necesidad de audífonos cuando la única música que vale la pena escuchar es el silencio del bosque, interrumpido por la plática de ánimo entre corredores, las porras para el que se va rezagando, la respiración agitada, el coraje  ante la falta de condición y hasta los lamentos: "y yo que ahora sí había lavado mis tenis!".
Caminata,  trote ligero y en los descensos, acelera y descansa...
"¿Ves a Yoda?" -No, no aparece.
Un calambre lo detiene y nosotros dos vemos el rostro de frustración.
Le conocemos, sabemos que  terminará la ruta por orgullo, pero un poco detrás de nosotros.
"La idea es terminar en dos horas, máximo", nos confió Charly minutos antes de empezar.
"Creo que hasta la terminaremos  antes", pensaba yo cuando llegamos al kilómetro 8 y las piernas aún daban para más.
-"¿Cómo estás Clau?" --se preocupaba Carlos--  ¡Vamos! Es un entrenamiento de un domingo cualquiera".

Cierto, era un domingo común... Pero con la advertencia de tropezarnos y perder más que el estilo.
"¿Es una broma?"
 Sí, eso parecía. Frente a nosotros se extendían más de 2 kilómetros de una escarpada que nos llevaría al punto más alto de la ruta.
Un ascenso de 3,370 metros sobre el nivel del mar en el km 10, exigió a los 4 mil corredores poner toda esperanza en sus piernas, ya no había retorno, únicamente el sendero hacia la meta.
-“¿En serio aún no termina?" La eternidad puede tener diferentes significados.
-"No hay manera de subir esto corriendo".
En ese momento ni el lodo, las piedras, o las cuestas continuas, eran un reto; subir sin detenerse, sí lo era".

Finalmente, como respuesta a todas las plegarías en silencio, llegamos a terreno plano y después sólo descenso.
10, 11 kilómetros y la felicidad se manifestaba en zancadas más largas, inhalar y exhalar para el splint final.
"¡Es tuyo el final Clau, ya ganaste!” Así me animaba yo sola al cruzar los avisos de 500, 400, 300, 200 metros...
Al final, después de cruzar la meta y con la adrenalina alimentando nuestros sentidos, chocamos palmas y nos felicitamos por el primer trial. Yoda nos alcanzó minutos después.


En El Valle del Conejo, dejar nuestra huella en 12 kilómetros fue la mejor medalla (mejor que la “chancla” que nos tocó al final), y un rico pastel  de zanahoria, nuestra recompensa.


Continuará… con la leyenda de Superman y el reto de los 13 kms.   

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